sexta-feira, 30 de agosto de 2013

Empezando por el fin



Sale. 


Empezamos ahora con las historias de México.


Todos los que me conocieron, saben que en todo el viaje, dejé claro que a mí me gustaría tener un novio mexicano.  


Y no fue posible. 


Aunque hubo publicidades en las redes sociales,  letreros en Cuernavaca, no fue posible.


Hasta que, el destino, este santo hijo de Dios, en el regreso a Brasil, me puso a sentar al lado de un mexicano guapísimo que venía a Brasil por primera vez (a trabajo)  y le gustaría hablar sobre algunas costumbres de mi país querido.


Joven executivo de una empresa de informática. Blanquito (para estándar mexicano), ojos color miel, cuerpo hermoso y un chico de familia (me dijo que tenía que regresar el sábado a México porque tenía compromiso familiar a la noche. Y no. No era para su boda.).


Pipou…. 9 horas y media de vuelo. Sólo yo y él. 


Era la respuesta para mis preces. 


Empezamos a hablar sobre México. Me tiene enamorada ese país. Le platiqué de mis amigos, de la comida, de la gente, de los lugares que anduve, etc. Después, me preguntó sobre el clima en Brasil, las costumbres de comida, etc. 


Se mostró un chico muy distinto… hasta la cena. 


La aeromoza servía carne y pollo, pero como era brasileña, le preguntó si le gustaría carne  o “frango”  (pollo). 


Él me miró con ojitos de piedad y me preguntó: ¿Frango?


Yo, sintiéndome la más necesaria de las mujeres en el mundo: Sí. Pollo. Frango es pollo.


Él: Chicken?


Yo: Ahhhhh chinga… ¿Qué pinche parte de la palabra POLLO no has entendido?


Él: Carne, por favor. Dos dosis de whisky y una cerveza. 





A las dos de mañana (el vuelo de regreso fue a la noche), le pedí a la aeromoza que le despertara porque no escuchaba ni siquiera su respiración. 


Estaba vivo. 


Se volteó a dormir.


Ha despertado en Brasil. Después que ya habíamos aterrizado en São Paulo. 




Y no más nunca me dirigió la palabra. 






Siento que así está mi Cupido últimamente.

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