sexta-feira, 30 de agosto de 2013

No me llames frijolero...



Dos pinches días para intentar escribir un pinche texto y sin lograr hacerlo. Lloraba. Todo el tiempo. 

¿Cómo fue mi viaje a México?

Podría escribir un libro (tal vez lo haga. No cierto.). Han sido tantas historias, momentos, personas y cada segundo tan especial que es difícil describirlo. De hecho, no tengo ganas de hacerlo. Quiero que cada momento se arraigue más dentro de mí. Es como si yo los compartiera ahora y ya no serían míos. Me los perdería en el tiempo y en las historias de los que me van a leer. 

No. Mientras ahora son míos. Sólo míos. Y de nadie más. 

Tengo mucho que agradecer. Y lo haré. Con nombres y fotos.

Tengo mucho que decir y describir: Olores, sabores, paisajes, sentimientos… 

Siempre que leía a alguien que escribia como "se había enccontrado" al viajar a un lugar específico. No entendía cómo era posible que un lugar cambiara a uno. Para mí era como si las personas no supieran quién eran o de dónde venían. Que necesitaban de “algo más” para rellenar un vacío por huecos en sus pasados. Necesitaban de psiquiatra, diez gotas de Rivotril y dormir una semana. Nada más. 

Llegué a México muy señora de mí. Segura de todo. De lo que era, de dónde venía.

Y me pasó que fue como si hubiera hecho un camino de regreso a un lugar que nunca estuve. 



Hasta la primera  quincena de agosto, el año de 2013 se esforzaba mucho para ser el peor año de mi vida. 



Todo ya no es igual al que era. 

¡Me alegro muchísimo por esto!






Nos vemos, guey. 

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