segunda-feira, 13 de setembro de 2010

Sobre La Felicidad

¿Saben cómo es que descubrimos que estamos viejos? Es cuando decimos: Me acuerdo de la época en que cuando me rompían el corazón, era siempre el fin del mundo.


Después de un cierto tiempo, “todo” se torna rutina en la vida de las personas. Incluso un corazón roto.


Estamos en una época de relaciones muy efímeras. En una época de ausencia de autoestima que es substituida por un culto sobrenatural al cuerpo. Mesas de cirujanos plásticos llenas y libros en las estantes llenos también... de polvo. Una época de descontrol de los impulsos humanos.


Noticias son dadas a cada minuto. Vidas son perdidas a cada segundo. Son tantas informaciones que a veces no sobra espacio para el conocimiento. Son tantas informaciones que a veces el concepto de las cosas se pierden un poco.


Confunden amor con respecto.


No hay lugar para la tristeza. Sólo para una alegría falsa.


Exigen que seamos grandes. Imagen y semejanza de Dios.


Milagros son hechos todos días. Por nosotros. Cuando llegamos al fin del día y nos da ganas de quitar nuestra propia vida y NO lo hacemos. Cuando encontramos nuestra casa vacía y percibimos que está llena de móviles y recuerdos, pero nuestro corazón no tuvo la misma suerte… y asimismo seguimos.


Hace días, mis padres, en una de las reuniones de familia, nos contaban sobre su niñez. Plantaban en la hacienda lo que comían. Frijoles, maíz, arroz, la leche y queso que venían de la vaca, huevos de las gallinas, frutos desde el pomar. Nos contaba como era difícil la vida e igual como se sentían las personas más felices del mundo.


No había luz, irse a la cama temprano no era sólo una exigencia de la vida sino del cuerpo porque al amanecer, al nacer del sol, todos ya estaban despiertos y en la labor. Han crecido en familias grandes, muchos hermanos. Tener muchos hijos no era una cuestión romántica de “perpetuar la especie”. Era una necesidad. Necesitaban de brazos para el trabajo.


¿Yo? Crecí en un mundo un poco diferente. Podría jugar en la calle. Comía en la casa de todos los vecinos (siempre el que llamaba a su hijo antes, nos invitaba a todos). Tenía luz, tele, libros, revistas, lápices de color, etc. Crecí en un mundo a dónde educar era mucho más que apuntar los hijos en las mejores escuelas. Crecí en un mundo a dónde me fue permitido soñar. Crecí en un mundo cuyo pasado era algo que ya no importaba, es decir, sólo en los libros de historia. Crecí en un mundo que era un regalo. Que era EL regalo. Crecí en un mundo a dónde nada me era impuesto.


¿Mis sobrinos? Crecen en el mundo que tenemos hoy. A dónde ser feliz es casi una obligación. Pero amar y ser amado no pasa de una noticia al pie de un periódico: “marido mata a sus hijos y ex esposa y luego se suicida porque no aceptaba el rompimiento de la relación.”


La noticia mañana no habrá sentido alguno. El amor, entre ellos, nunca lo hubo.


El mundo en sí, no tiene tanto sentido.

Pero, al contrario de lo piensan, esto no es un texto triste o de añoranza.


No. Es sobre la alegría. La felicidad.


Analizo fríamente las tres generaciones. Tan diferentes. Tan intensas en sus peculiaridades.


En la de mis padres era totalmente libre, en la mía han intentado domesticarnos y en la de mis sobrinos es el regreso al Panteón. Semidioses.


¿Algo en común entre todas?


Ver toda podredumbre histórica y SABER que en los próximos años, días, minutos, cuando llegaremos al futuro, SER FELIZ depende de cada individuo. Es una opción personal. Sencillo así.






Y lo que es sencillo ni siempre es pequeño.

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